Derivado al Hospital Garrahan por una compleja condición neurológica y cardíaca, Mateo logró mejorar notablemente su calidad de vida gracias al trabajo articulado del sistema público de salud de Tucumán y el acompañamiento de la Casa de la Provincia en Buenos Aires. Su madre, Stefanía Albornoz, destaca el respaldo recibido durante un proceso que hubiera sido imposible afrontar sola.
Hay historias que comienzan con el miedo. La de Stefanía Albornoz, una trabajadora tucumana de 34 años, madre soltera y sostén de su hogar, es una de ellas. Vive junto a su hijo Mateo, de 10 años, y los abuelos del niño en el barrio El Bosque de San Miguel de Tucumán. Durante años convivieron con la incertidumbre, las consultas médicas y las recaídas de una enfermedad que parecía no dar tregua.
Mateo fue diagnosticado con epilepsia a los siete años. A esa condición se sumaron episodios de síncope y la sospecha de un síndrome genético que todavía continúa bajo estudio. «En esos años la pasamos muy mal», recuerda Stefanía, evocando una etapa marcada por la preocupación permanente y el esfuerzo cotidiano para sostener a su familia.
A fines del año pasado, médicos del sistema público de Salud de Tucumán detectaron que el niño necesitaba una evaluación más especializada. A pesar de encontrarse medicado, continuaba sufriendo recaídas, por lo que se determinó su derivación al Hospital Garrahan de Buenos Aires para ser atendido por especialistas en electrofisiología cardíaca.
«Los médicos nos explicaron que necesitaba un especialista que pudiera manejar la electricidad de su corazón», relata la madre.
La derivación, concretada en diciembre pasado, forma parte de una política sanitaria que la Provincia sostiene para garantizar que los pacientes tucumanos accedan a centros de alta complejidad cuando el tratamiento requerido excede las posibilidades locales. En ese proceso intervienen equipos médicos, organismos provinciales y áreas de acompañamiento social que permiten que las familias puedan concentrarse en lo más importante: la recuperación de sus seres queridos.
Desde el primer viaje, Stefanía encontró respaldo en la representación como en el área Social de la Casa de la Provincia de Tucumán en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Allí comenzó una red de contención que, asegura, fue fundamental para atravesar el tratamiento.
«Desde que uno llega están atentos a todo. Me envían los pasajes en Tucumán, coordinan con el equipo de Buenos Aires y, cuando se acerca la fecha del control, nos asignan un hotel para que Mateo y yo podamos quedarnos mientras dure el tratamiento», cuenta.
Las visitas al Garrahan se realizan cada uno o dos meses y suelen extenderse por alrededor de quince días. Es un tratamiento prolongado, pero los resultados ya son visibles. «A partir de la consulta con el médico y de la nueva medicación, la calidad de vida de Mateo mejoró un ciento por ciento. Hoy puede hacer cosas que antes no podía. Va a la escuela normalmente, participa en educación física y comparte actividades con otros chicos», explica emocionada.
La transformación es evidente. Mateo asiste a la Escuela Doctor Miguel Lillo y recuperó experiencias que antes le estaban vedadas por su condición. «Mi hijo no podía compartir un montón de cosas. En los cumpleaños tenía que quedarse sentado mirando cómo jugaban los demás. Hoy llega de la escuela al mediodía contento, feliz. Es otro chico», describe.
Detrás de cada viaje hay también una realidad económica difícil. Stefanía trabaja como niñera,, carece de cobertura médica y sostiene sola a su familia. Por eso, asegura que el acompañamiento estatal fue determinante. «Manejar esto sola hubiera sido imposible. Gracias al apoyo de la Casa de Tucumán estamos acá. Podemos dormir tranquilos, comer y garantizar que mi hijo reciba la atención médica que necesita. Nunca hubiera podido hacerlo por mis propios medios».
Lejos de su provincia, además, encontró una segunda familia entre otras madres que atraviesan situaciones similares. «Compartimos mucho tiempo juntas. A veces almorzamos, conversamos y nos apoyamos mutuamente. Es reconfortante. Siempre digo que son mis vecinas de piso. Estar lejos de casa es difícil, pero acompañarnos hace que todo sea más llevadero».
Para Stefanía, el respaldo recibido por la Representación de la ¨Provincia trasciende la asistencia logística. «Me siento contenida. Este equipo es mi otra familia. Están incluso cuando las mamás nos desbordamos. Son personas que buscan resolver, ayudar y estar presentes. No tengo palabras suficientes para agradecer».
Durante una reciente visita a la Casa de la Provincia, la madre pudo dialogar con el representante oficial en Buenos Aires, Enrique Salvatierra, quien se interesó especialmente por la situación de Mateo. «Nos escuchó, habló con mi hijo y eso para él es muy importante. Que lo miren, que lo escuchen y que se ocupen de su situación le hace bien. Yo no conocía las caras de muchas de las personas que nos ayudaban, pero hoy son parte de nuestra familia por la empatía y la calidez con las que nos reciben», señaló.
Al respecto, Salvatierra destacó que el acompañamiento integral a los pacientes derivados constituye una decisión política impulsada por el gobernador Osvaldo Jaldo para garantizar igualdad de oportunidades en el acceso a la salud.
«Nuestro compromiso es estar cerca de cada tucumano que necesita atención médica fuera de la provincia. Por decisión del gobernador Osvaldo Jaldo trabajamos para que las familias no tengan que afrontar solas un momento tan complejo. La salud pública tucumana tiene la responsabilidad de brindar respuestas y también de acompañar humanamente a quienes atraviesan tratamientos de alta complejidad. Cada paciente que llega a Buenos Aires sabe que hay un Estado presente que lo recibe, lo escucha y lo acompaña», expresó.
Hoy, mientras Mateo continúa con sus controles periódicos y su tratamiento ambulatorio, la incertidumbre de otros tiempos fue dejando lugar al alivio y a la esperanza.
Antes de despedirse, Stefanía deja un mensaje para otras familias que atraviesan situaciones similares.
«Quiero que sepan que hay lugares públicos que ayudan de verdad. La Provincia responde, deriva con rapidez y pone a las familias en contacto con personas maravillosas. Yo solamente puedo decir gracias. Gracias a la salud pública tucumana, gracias a la Casa de Tucumán, a quienes nos acompañan y gracias porque hoy mi hijo tiene una vida que hace unos años parecía imposible».
